
Biografía de Luisa Piccarreta Luisa Piccarreta nació y fue bautizada en Corato, provincia de Bari, al sur de Italia, el 23 de abril de 1865. En la "Iglesia Madre" recibió también la Primera Comunión y la Confirmación en 1874. A los 11 años de edad se hizo Hija de María, y a los 18 Terciaria Dominicana. Murió en olor de santidad el 4 de marzo de 1947. Su vida es una de las más extraordinarias que yo he conocido: Por 64 años, estuvo en cama, siempre sentadita en la misma posición, hasta para dormir, sin que los doctores pudieran diagnosticar ninguna enfermedad, y sin que nunca se le formaran úlceras… ¡solo enferma de amor, y como víctima en reparación por la humanidad!, viviendo en todo momento la Divina Voluntad. De repente, caía en éxtasis y quedaba rígida, como petrificada, y el Señor se la llevaba, y le hablaba… en este estado de éxtasis nadie la podía mover, siendo ella tan delicada, sólo cuando un sacerdote le daba la bendición volvía en sí, y tan tranquila y natural… siempre obedeciendo a la Iglesia!, haciendo la Divina Voluntad. Estos éxtasis le daban prácticamente todas las noches. Vivió en la misma época que el Padre Pío, y en la misma área del sur de Italia, donde la llamaban "Luisa la Santa". Por obediencia a sus confesores, comenzó a escribir un diario espiritual a partir del 28 de febrero de 1899. En él cuenta lo que le decía Jesús es estos éxtasis, y habiendo ido a la escuela sólo hasta la primaria, escribió con su plumilla 36 volúmenes, de una sencillez y profundidad teológica impresionantes. Su vida y escritos están basados en vivir en y de la Divina Voluntad. Es la tercera petición del Padrenuestro "Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo"… y hacer la Voluntad de Dios es la forma en que vendrá a nosotros y al mundo el Reino de Dios, que es la segunda petición. En 1900 Jesús le habla por primera vez de esto y le da a ella por primera, estas Gracia de las Gracias, y la constituye como la Pequeña Hija de la Divina Voluntad, iniciando así con ella en el silencio y en lo escondido, la Nueva Era de Gracia, el verdadero Reino de la Divina Voluntad en la tierra. El "FIAT" ("HÁGASE"), de la Virgen María y de la Creación en Génesis 1, es el todo en Luisa. Quería ser monja, pero no la aceptaron, ¡Jesús no lo quería!, pero a los 13 años de edad tuvo una inesperada visión de Jesús con la Cruz a cuestas, que produjo un cambio total en su vida: Fue así: Luisa meditaba con frecuencia en la Pasión de Jesús, sumergiéndose en ella como en un mar inmenso de luz, que con sus rayos ardentísimos hacía que se compenetrase en el amor de Jesús, que tanto había sufrido por ella… un día sintió su corazón oprimido, con falta de respiración, y se asomó a la ventana para coger aire, y lo que vio cambió su vida: Un gentío enorme pasaba debajo de su balcón, llevando a su mansísimo Jesús con la cruz a cuestas, chorreando sangre por la cara, con un aspecto tan lastimoso que enternecía a las mismas piedras. En ese momento, dice Luisa, "levantó hacia mi los ojos, como pidiéndome ayuda"… y a partir de entonces, y para siempre, se encendió en Luisa un ardentísimo deseo de padecer por amor a Jesús. Así lo cuenta ella. A los 16 años los demonios la asaltaron, y Luisa perdió el conocimiento, quedándose rígida… pero tuvo otra visión de Jesús coronado de espinas y horriblemente abofeteado por los pecados de los hombres. Y Luisa, movida interiormente por la gracia, consintió plenamente a la Voluntad de Dios, aceptando el estado de Víctima, al que Jesús y la Santísima Virgen la llamaban. Pocos días después, tuvo una tercera visión de Jesús en su Pasión, quien le comunicó los dolores de su corona de espinas, y volvió a perder el conocimiento. Cuando volvió en sí, no era capaz de abrir la boca ni de tomar alimento, a causa de los espasmos y dolores que sentía. Y fue así como Luisa se halló en la imposibilidad de comer nada, por espacio de dos o tres días, pero poco después en forma continua y definitiva por toda su vida, viviendo sólo de la Voluntad Divina, siendo éste su único alimento, junto con la Eucaristía, por 64 años!. Así comenzó a padecer una enfermedad que ningún médico pudo diagnosticar… permanecía todo el día en la cama sentada, nunca apoyaba la cabeza en la almohada para dormir, y con frecuencia, perdía el conocimiento y quedaba petrificada. De este estado nunca la pudieron sacar ninguna medicina ni tratamiento médico, sólo salía de él cuando un sacerdote la bendecía. Muchos la consideraban una "santa"… pero algunos la juzgaban como una impostora, que merecía palos, o que estaba endemoniada… en ocasiones la dejaron en ese estado de petrificación por 10, 18, y hasta 25 días… y la madre de Luisa, que no sabía qué hacer, recurrió finalmente al Arzobispo, quien empezó a interesarse y dio disposiciones para que los sacerdotes fueran a "despertarla"!. En estos estados es cuando solía recibir visitas frecuentes de Jesús y de la Santísima Virgen, como la llamaba Luisa, y cuando Jesús la llevaba por el Cielo, Infierno, Purgatorio, y por todo el universo, y le decía muchas cosas bellas que nos quedó escritas Luisa en sus 36 volúmenes, desde el año 1899, en el que su confesor por 24 años, Don Gennaro di Gennaro, se lo exigió. Cuando Luisa falleció, ocurrió con su cuerpo lo contrario que a todos los cadáveres. Estos quedan rígidos, pero el de Luisa quedó muy suave, todos sus miembros se podían doblar con suavidad, excepto que quedó en estado de "sentada", como había vivido por 64 años, y le tuvieron que hacer un féretro especial, al que asistieron miles de personas… ¡era, "Luisa la Santa" de esa comarca!. Sus escritos son muy claros y sencillos, pero de una profundidad teológica impresionante, hasta tal punto que la Iglesia decidió guardarlos en secreto. Pero un buen sacerdote, que ha sido Beatificado por Juan Pablo II, el Beato Annibale Maria Di Francia, había publicado ya cuatro ediciones de las "Horas de la Pasión", de Luisa, con el Imprimatur y Nihil Obstat, y obtuvo del Arzobispo de Trani el Imprimatur de los 19 volúmenes que son los que ahora conocemos. En 1996 la Iglesia permitió que se leyeran los otros tomos, que están en proceso de traducción. Este Padre, Beato Annibale, llegó a Corato en 1910, y el Arzobispo de Trani lo nombró Censor eclesiástico de su Diócesis, y director de Luisa en lo relacionado a sus escritos. Visitó a Luisa con frecuencia, teniendo un íntimo contacto con ella, lo que significó para el Padre Annibale un viraje trascendental en su vida, y el conocimiento de la Divina Voluntad fue decisivo en su espiritualidad.Vamos a dejar al Beato Annibale hablar sobre Luisa: "Esta Alma Solitaria es una virgen purísima, toda de Dios, objeto de singular predilección del Divino Redentor Jesús. Nuestro Señor, que de siglo en siglo acrecienta siempre más las maravillas de su Amor, parece que de esta virgen, a quien El llama la más pequeña que haya encontrado en la tierra, desprovista de toda instrucción, ha querido formar un instrumento apto para una misión tan sublime que NINGUNA OTRA se le puede comparar, esto es, para el triunfo de la Divina Voluntad en la tierra, de conformidad con lo que está en Pater Noster: Fiat Voluntas Tua, Sicut in Coelo et in Terra (Hágase Tu Voluntad así en la Tierra como en el Cielo). 
Una vida de años y años en una cama en calidad de víctima, con participación de tantos dolores espirituales y corporales, y podría parecer que la vista de tal desconocida virgen debería ser una cosa dolorosa y afligente, pues sería ver a una persona que yace con todas las señales de los dolores sufridos… pero aquí hay otra cosa admirable: Esta Esposa de Jesús Crucificado, que pasa las noches en éxtasis dolorosos y en sufrimientos de todo género, al verla luego en el día, medio sentada en su cama, trabajando en bordados, nada, nada se transparenta, ni lo más mínimo, de una que en la noche haya sufrido tanto. Ninguno, ningún aire de extraordinariedad o de sobrenaturalidad. Se ve en todo con el aspecto de una persona sana, alegre y jovial; habla, discurre y a veces ríe, si bien recibe a pocas amigas…Ella quiere vivir solitaria, oculta y desconocida. Por ninguna razón habría puesto por escrito las íntimas y prolongadas comunicaciones con Jesús adorable, desde su más tierna edad hasta hoy, si Nuestro Señor mismo no la hubiera obligado, ya directamente por El o por medio de la santa Obediencia de sus directores…" En 1994, se comenzó el proceso de Beatificación y Canonización de la Sierva de Dios, Luisa Piccarreta, dirigido por el Arzobispo de la Diócesis, Mons. Carmelo Cassati. 
Luisa y el Santísimo Sacramento como su único alimento. 13 años de edad tuvo inesperadamente la primera visión de Jesús con la Cruz a cuestas, a partir de la cual y para siempre, se encendió en Luisa un grandísimo deseo de compartir el padecimiento de Jesús por amor a El. A los 16 años tuvo una segunda visión de Jesús coronado de espinas, a partir de la cual ella aceptó plenamente la Voluntad de Dios. Pocos días después tuvo una tercera visión de Jesús en su Pasión, que la llevó a perder el conocimiento; cuando volvió en sí no era capaz de abrir la boca ni de tomar alimento, situación que se mantuvo durante dos o tres días y que poco tiempo después se convertiría en definitiva, viviendo el resto de su vida (64 años) solo de la Voluntad Divina, que junto con la Eucaristía era su único alimento. Así comenzó una ‘enfermedad’ que ningún médico fue capaz de diagnosticar: permanecía todo el día sentada en su cama, sin apoyar la cabeza en la almohada ni para dormir. Cuando perdía el conocimiento quedaba como petrificada, en un estado del que ningún tratamiento médico era capaz de sacarla sino solo la bendición de un sacerdote; en una ocasión llegó a permanecer así hasta 25 días, ante la desesperación de su madre. En esos estados recibía visitas frecuentes de Jesús y de la Santísima Virgen, quedando fielmente reflejadas estas experiencias en los 36 volúmenes del ‘diario’ que comenzó a escribir en 1899 a petición de sus confesores. Habiendo cursado solo estudios primarios, sus escritos (claros y sencillos) son de una profundidad teológica tal que la Iglesia decidió guardarlos en secreto hasta que el padre Aníbal obtuvo permiso para publicar parte de su obra. Dichos escritos, al igual que su vida, giran en torno a ‘vivir en y de la Voluntad Divina’ que es, según le dijera el propio Jesús, la vía por la cual vendrá a nosotros y al mundo el Reino de Dios. En 1900 Jesús la constituye como Pequeña Hija de la Divina Voluntad con quien comenzaba, en el silencio y en lo escondido, la Nueva Era de Gracia, el Reino de la Divina Voluntad en la tierra. El ‘Fiat’ (‘Hágase’) de la Virgen María es el ‘Todo’ para Luisa. Luisa falleció el 4 de marzo de 1947. Contrariamente a lo habitual, el cuerpo de Luisa no quedó rígido sino tan flexible que sus miembros se podían doblar con suavidad, si bien en la misma posición de sentado en que había estado durante 64 años, motivo por el cual se encargó para ella un féretro especial. En 1994 dió inicio al proceso de su beatificación el arzobispo de la diócesis. El padre Aníbal (beato) fue nombrado en 1910 director espiritual de Luisa en lo relacionado con sus escritos. La visitó con frecuencia y, en la intimidad de su trato, el conocimiento acerca de la Divina Voluntad que Luisa le transmitió fue decisivo en el curso de su propia vida espiritual. El padre Aníbal dijo acerca de ella: ‘Este Alma Solitaria es una virgen purísima, toda de Dios, objeto de singular predilección del Divino Redentor Jesús... parece que de ella, a quien nuestro Señor llama la más pequeña que ha encontrado en la tierra, desprovista de toda instrucción, ha querido convertirse en un instrumento apto para llevar a cabo una misión tan sublime que ninguna otra se le puede comparar, esto es, para el triunfo de la Divina Voluntad en la tierra’. MEMORIAS DE LA INFANCIA 15 de julio de 1926 Jesús mío, Amor mío; Mamá mía Celestial y Soberana Reina, venid en mi ayuda, tomad entre vuestras manos mi pobre corazón. ¿No veis cómo me sangra por la dura batalla de tener que empezar a decir desde el principio mi pobre existencia, desde mi infancia? A cualquier costo quisiera rehuir este dolorosísimo y duro sacrificio, y mucho más duro porque inesperado. Una nueva obediencia se presenta para martirizar mi pobre e insignificante existencia. Jesús, Mamá, venid en mi ayuda, de lo contrario siento que mi voluntad quisiera entrar en campo de nuevo para tener vida y poder decir un “no” terminante a quien me manda. Ah Jesús, ¿acaso permitirás que yo tenga algo que ver con mi querer, después de tanto tiempo que Tú, con tanto celo, lo tienes atado a tus pies como don y triunfo de tu pequeña hija? Me ordenaron orar para saber de ti si debo realizarla o no, y Tú, en vez de estar conmigo, me dijiste: “Esto servirá para hacer conocer la tierra que debía iluminar el sol de mi Voluntad para formar su Reino.” –“¡Ah Jesús, a mí no me interesa hacer conocer mi pequeña tierra! Y a ti te debe importar que se conozca tu Querer, ¿no es verdad Jesús?” Pero Jesús hizo silencio y desapareció; y yo pronuncio con toda la intensa amargura del alma “¡Fiat, Fiat!” Y comienzo. Para empezar digo lo que mi misma familia me ha dicho. Nací en 1865, el 23 de abril, el Domingo in albis en la mañana; la misma tarde me bautizaron. Mi mamá decía que nací al revés, pero que ella no sufrió nada en el parto, y yo, en los acontecimientos y circunstancias de mi pobre vida acostumbro decir: “Nací al revés; es justo que mi vida sea al revés de la vida de las demás criaturas.” Recuerdo que en la tierna edad de los tres o cuatro años a los diez, más o menos, yo era de temperamento miedoso, y era tanto el miedo que no sabía estar sola ni dar un paso sola; pero esto era por causa de que desde la edad de tres años, casi siempre en las noches tenía sueños de miedo: soñaba con el demonio, y me daba tanto miedo que me hacía temblar; muchas veces soñaba que me quería llevar con él y me jalaba fuertemente y yo hacía todos los esfuerzos para huir; en el mismo sueño sudaba frío, me escondía, huía a los brazos de mi mamá; por lo que en el día permanecía en mí la impresión de los sueños y tal miedo, como si el demonio quisiera salir de todos los lugares. Creo que esto me hizo bien, porque desde esa tierna edad yo rezaba muchas “Ave Marías” y “Padre Nuestros” a todos los santos que yo conocía por nombre, para tener la gracia que no me hicieran soñar al demonio, y si venía nombrado otro santo que yo no conocía, en seguida agregaba un “Padre Nuestro” si el santo era hombre, o un “Ave” si era mujer, porque decía que si no los honraba a todos, me harían soñar con el demonio. También recuerdo que las siete “Aves” a la Virgen Dolorosa desde esa edad las rezaba siempre. Así que tenía una larga letanía de “Padres nuestros” y “Aves Marías” y por eso, mientras las otras niñas y mis hermanitas jugaban, yo me quedaba un poco alejada de ellas, o cerca de ellas porque tenía miedo, pero no tomaba parte en sus inocentes juegos, para rezar mis largas “Aves” y “Padres nuestros”... Recuerdo también que algunas veces soñé a la Virgen y Ella alejaba al demonio, y que una vez me dijo: “Hija mía, llora porque ha muerto mi Hijo”. Yo quedé impresionada y la compadecía. Pero todo esto me volvía infeliz. Cuando llegué a edad más capaz y ya podía hacer la meditación o leer, no podía aislarme por el miedo, y por lo tanto no podía hacer lo que quería. A la edad de once años me hice hija de María y un día, mientras quería rezar y meditar, el miedo me sorprendió y estaba a punto de correr en medio de la familia, entonces sentí una fuerza en mi interior que me detuvo y oí en el fondo de mi alma una voz que me dijo: “¿Por qué temes? Está tu ángel junto a ti, está Jesús en tu corazón, está tu Mamá celestial que te tiene bajo su manto; entonces, ¿por qué tienes miedo? ¿Quién es más fuerte: tu ángel custodio, tu Jesús, tu Mamá celestial, o el enemigo infernal? Por eso, no huyas sino quédate y reza, y no tengas miedo.” Escuchar esto en mi interior me comunicó tanta fuerza valor y firmeza, que se alejó el miedo, y cada vez que me sentía sorprender por éste, volvía a hablarme la misma voz en mi interior y yo me sentía como llevar de la mano por mi ángel, por la soberana Reina y por el dulce Jesús, me sentía triunfante en medio de ellos, de modo que adquirí tal valor que se me alejó todo el miedo; además luego esos sueños de miedo cesaron del todo. Así pude quedarme sola, caminar sola, ir sola al jardín cuando estábamos en la hacienda, mientras que antes, si iba ahí, sólo con ver moverse una rama de árbol huía, porque pensaba que ahí, encima de ella, estaba el demonio. Recuerdo que un día, acordándome del miedo de mi pequeña edad y de los sueños del enemigo que hicieron infeliz mi infancia, le dije a Jesús: “¿Cuál fue la finalidad, Amor mío, de haber pasado mi edad infantil con tanto miedo, con tantos sueños malos y feos que me hicieron temblar, sudar y amargaron una edad tan tierna? Yo no entendía nada ni creo que el enemigo tuviera algún fin, estando yo en una edad tan pequeña.” Y Jesús me dijo: “Hija mía, el enemigo entreveía algo en ti, que me podrías servir para algo de mi gran gloria y que él debía recibir una gran derrota, nunca recibida; y mucho más porque veía que, por cuanto se esforzaba, no podía hacer penetrar en ti ningún afecto o pensamiento menos puro, porque Yo le tenía cerradas las puertas y él no sabía por donde entrar. Viendo esto se enojaba y trataba de aterrorizarte con sueños de miedo y de espanto, no pudiendo hacer más. Y mucho más, pues no sabiendo el motivo de mis grandes designios en ti, que debían servir a la destrucción de su reino, se ponía atento para indagar la causa, con la esperanza de poderte dañar en algún modo.” Nuestro Señor fue bueno conmigo, dándome padres buenos, que estaban muy atentos a no dejarnos escuchar ni siquiera una palabra de blasfemia o poco honesta. Me amaban, pero con un amor digno y serio. Recuerdo que jamás mi padre, siendo niña, me cargó en brazos, ni jamás le di besos ni los recibí de él, como tampoco de mi mamá, y cuando crecí y me quedé en la cama, mi mamá, debiendo ir a la hacienda y faltar largos meses, al despedirse de mí, hacía acto de quererme besar y yo, viendo esto, antes de que lo hiciera le besaba la mano y ella se abstenía de ese desahogo todo materno. Papá y mamá eran ángeles de pureza y de modestia. Siempre fueron generosos con sus dependientes. El fraude y el engaño no tenían lugar en nuestra casa. Era tanto su cuidado que nunca nos confiaron a personas extrañas, sino siempre estuvimos con ellos. Yo espero que el bendito Jesús haya premiado tanta virtud, dándoles por morada la Patria Celestial. También recuerdo que era de temperamento penoso, y si venían algunos parientes u otras personas a visitarnos, yo huía al piso de arriba, para no dejarme ver, o me escondía atrás de una cama y rezaba, y salía cuando me llamaban y me decían que ya se habían ido; cuando mi mamá iba a visitar a los parientes y me quería llevar con ella, yo lloraba porque no quería ir. Yo y otra hermanita, casi del mismo temperamento, nos contentábamos quedándonos solas encerradas con llave antes que salir. Esta vergüenza no me dejaba tomar parte en nada, ni en fiestas ni en diversiones aun inocentes que se acostumbran en las familias; era la sacrificada de la vergüenza, y si me obligaban, me sentía en la cruz, porque la vergüenza me hacía todas las cosas extrañas. Recordando todo esto, que de algún modo hizo infeliz mi infancia, mi dulce Jesús me dijo:“Hija mía, aun la vergüenza con la que te rodeé en tu tierna edad fue uno de mis más grandes celos de amor por ti; no quería que en ti entrara nadie, ni el mundo ni las personas; quería hacerte extraña a todos. En ninguna cosa quería que tú tomaras parte y que te diera gusto, porque habiendo establecido desde entonces que debía formar en ti el Reino del Fiat Supremo, y debiendo tú tomar parte en sus fiestas y en las alegrías que hay en Él, era justo que de ninguna otra fiesta gozaras y que de los placeres y diversiones que hay en la tierra quedaras en ayunas. ¿No estás contenta?” Pero a pesar de que era penosa y miedosa, era de temperamento vivaz y alegre; saltaba, corría y a veces hasta hacía travesuras. Después, a la edad aproximada de doce años, empezó otro periodo de mi vida: empecé a escuchar la voz interna de Jesús, especialmente en la comunión, la cual hice a los nueve años, y el mismo día recibí el sacramento de la confirmación. Entonces, se hacía oír esta voz en mi interior frecuentemente cuando recibía la santa comunión y había veces que después de la comunión permanecía horas enteras arrodillada, casi sin movimiento, y escuchaba lo que la voz me decía; a veces me reprochaba si no había sido buena, atenta; y si durante el día había estado un poco distraída ¡oh, cómo me reprendía! y terminaba diciéndome: “Y sin embargo me dices que me quieres mucho. ¿Dónde está éste tu tanto amor?” Yo me sentía morir al oír decirme eso y prometía ser más atenta; entonces Jesús agregaba: “Veré, veré si es verdad...; las palabras no me bastan, quiero los hechos.” La comunión se convirtió en mi pasión predominante; en ella concentré todos mis afectos. Estaba segura de oír hablar a Nuestro Señor y cuánto me costaba quedar privada de ella cuando estaba obligada por la familia a ir junto con ella a la finca, donde debía permanecer largos meses sin misa ni comunión. ¡Cuántas veces rompí en llanto al ver árboles, flores, creación toda...! Pues pensaba entre mí: “Las obras de Jesús están a mi alrededor; ¡sólo Jesús no está conmigo...! Ah, háblame tú, flor; tú, sol; tú, cielo; tú, agua cristalina que corres en nuestro laguito...; háblenme de Jesús. Sois obras de sus manos, denme noticias de Él...” Y me parecía que todas ellas me hablaran de Él; cada cosa creada me hablaba de alguna cualidad de Jesús y yo seguía llorando, porque no podía recibir a Aquél a quien todas las cosas amaban y del Cual sabían narrar tan bien su belleza, su amor y su bondad; lloraba y llegaba hasta enfermarme. También en la meditación oía la voz de Jesús, pero a veces faltaba; en cambio en la comunión, nunca. ¡Y cuántas veces meditando permanecía dos o tres horas sin poder interrumpirla! Cuando leía, veía punto y me detenía, entonces oía la voz de Jesús en mi interior que tomando actitud de maestro me explicaba la meditación. Desde entonces, en mi interior, el amable Jesús me daba lecciones sobre la cruz, sobre la mansedumbre, sobre la obediencia, sobre su vida oculta... Respecto a su vida oculta, recuerdo que me decía: “Hija mía, tu vida debe estar en medio de Nosotros en la casa de Nazaret. Si trabajas, si rezas, si tomas alimento, si caminas..., debes poner una mano en Mí, la otra en nuestra Mamá y la mirada en san José, para que veas si tus actos corresponden a los nuestros, de modo que puedas decir: ‘Primero formo mi modelo sobre lo que hace Jesús, la Mamá celestial y san José y luego lo sigo’, según el modelo que te vas formando; quiero ser repetido por ti en mi vida oculta; quiero encontrar en ti las obras de mi Mamá, las de mi querido san José y las mías mismas.” Yo quedaba confundida y le decía: “Mi amado Jesús, yo no lo sé hacer.” Y Él: “Animo, hija mía, no te abatas; si no sabes cómo hacerlo, ruégame que Yo te enseñe y Yo en seguida te enseñaré; te diré el modo como lo hacíamos, mis intenciones, el amor continuo de los tres, del que Yo como mar y ellos como ríos, siempre estábamos llenos, de modo que uno desembocaba en el otro, y tanto que teníamos poco tiempo para hablarnos, tan absorbidos estábamos en el amor. ¿Ves cuán atrás estás? Tienes mucho que hacer para alcanzarnos; te conviene mucho silencio y atención, pues Yo no te quiero atrás, sino entre Nosotros.” Entonces, cuando no sabía cómo hacerle le preguntaba a Jesús y Él me enseñaba en mi interior. Trataba casi siempre, por cuanto más podía, de apartarme de la familia para estar sola y mantener el silencio: tomaba mi labor y le pedía a mi mamá que me permitiera irme arriba y ella me lo concedía. Así pues, mi mente estaba en la casa de Nazaret, y ahora me fijaba en uno, ahora en otro y me asombraba al verlos tan atentos en sus humildes trabajos, tan absorbidos en las llamas de amor que se elevaban tan alto, que sus trabajos quedaban incendiados y transformados en amor; y yo, maravillada, pensaba entre mí: “Ellos aman tanto, y mi amor ¿cuál es? ¿Puedo decir que mis trabajos, mis oraciones, el alimento que tomo, los pasos que doy, son llamas que se elevan al trono de Dios y formando un río desembocan en el mar de Jesús?” Al ver que no era así, quedaba afligida, y Jesús me decía en mi interior: “¿Qué tienes? No te aflijas, poco a poco llegarás. Yo estaré sobre ti, tú sígueme y no temas.” Si quisiera decir todo lo que pasó en mi interior en mi infancia, me alargaría mucho; además, en el primer volumen escrito por mí, sin precisar la época, sin decir si primero o después, cuándo estaba más pequeña o cuándo estaba más grande, está indicado el trabajo de la gracia en el fondo de mi alma, pues así me fue dicho: que no importaba que pusiera el orden de edad ni lo que había pasado primero o después, con tal de que dijera lo que había pasado en mí; mucho más que después de tantos años me resultaba difícil tener presente el orden como había sucedido todo en mi interior. Y ahora, para no repetir, paso adelante. Recuerdo que de niña tenía casi la manía de quererme hacer monja, y como iba a la escuela con ellas, sentía afecto hacia ellas, pero era porque quería ser como una de ellas; sin embargo en mi interior me oía reprochar por este afecto y aunque prometía no amar más que a Jesús, recaía en esto y Jesús volvía a reprenderme amargamente. Es el único afecto especial que recuerdo que haya tenido en mi vida, pues después no he sentido amor por nadie. ¡Qué tiranía es un afecto natural y hasta inocente para el pobre corazón humano! Lo recuerdo con terror: los reproches interiores me ponían en cruz y me parecía que ese afecto tenía en la cruz a Jesús, y Jesús por correspondencia me ponía a mí en la cruz y por tanto no gozaba la verdadera paz, porque es naturaleza del amor humano hacer guerra en el pobre corazón. Amar personas de modo especial y tener paz, no existe en el mundo, y si existe, significa no tener conciencia, aunque fuera con fin santo o indiferente. Pero el bendito Jesús me hizo terminar pronto con esto, y he aquí cómo fue: Una mañana le pedí que me dejara visitar a la superiora, lo que obtuve con trabajo y sacrificio. Cuando llegué pedí que llamaran a la superiora, y después me respondieron que estaba ocupada y que no podía salir; yo quedé como herida al oír esto. Fui a la iglesia y desahogué mi pena con Jesús y Él tomó ocasión de esto para hacerme terminar con esto. Me habló de su amor y de la inconstancia del amor de las criaturas y cómo quería que terminara con esto totalmente, me dijo que “cuando un corazón no está vacío Yo lo rechazo, pues no puedo empezar el trabajo que tengo designios de realizar en el fondo del alma...” Pero, ¿quién puede decir todo lo que me dijo en mi interior? Recuerdo que con esto terminé con ese afecto especial y mi corazón permaneció impávido, sin saber amar más a nadie. Entonces, le rogaba siempre a Jesús que me dejara llegar a hacerme religiosa y a menudo le preguntaba, cuando lo sentía en mi interior, si llegaría a cumplirse mi vocación religiosa y Jesús me aseguraba diciéndome: “Sí, te contentaré; verás que serás religiosa.” Yo me quedaba toda contenta al oír que Jesús me lo aseguraba y trataba de disponer a la familia para obtener su consentimiento, la cual era contraria, especialmente mi mamá; llegaba hasta llorar y me decía que me contentaría si quisiera hacerme monja de clausura, pero de vida activa nunca se habría dejado vencer. Pero yo, para decir la verdad, quería hacerme religiosa activa, porque las que conocía habían sido mis maestras; pero sobrevino mi larga enfermedad y puso fin a mi vocación y muchas veces me lamenté con Jesús diciéndole: “Sin embargo Tú me decías una mentira, me hacías burla prometiéndome que llegaría a hacerme monja.” Y Jesús muchas veces me aseguró que me decía la verdad, diciéndome: “Yo no sé engañar ni burlarme; la llamada que Yo te hacía a ti era más especial. ¿Quién, con hacerse religiosa, aun en las órdenes más austeras, no puede caminar ni tomar aire ni gozar nada? ¿Y cuántas veces en las órdenes religiosas dejan entrar su pequeño mundo y se divierten magníficamente? Y Yo quedo como a un lado. Ah hija mía, cuando Yo llamo a un estado, Yo sé cómo realizar mi llamada; el lugar para Mí es indiferente, el hábito religioso para Mí no significa nada cuando en la sustancia el alma es lo que debería ser si hubiera entrado en una orden. Por eso te digo que eres y serás la verdadera monjita de mi Corazón.” |
|